La misión comenzó un viernes, cuando una bandada bastante improbable empezó a desplazarse desde distintos puntos de España hacia un mismo destino. Veníamos de Córdoba, Almería, Valencia, Cataluña, País Vasco, Madrid… Cada uno con su mochila, su ruta, sus dudas y su pequeña épica personal. El objetivo: llegar a Cajigar y reunirnos en el Instituto Iscles para el seminario presencial del Máster en Bioconstrucción IEB, el Instituto Español de Baubiologie.
Sobre el mapa parecía sencillo. Pero, como en toda buena película de misión, el final del trayecto tenía su propio suspense. La carretera nos iba llevando hacia el norte, hacia las montañas, hacia ese punto en el que Aragón empieza a mirar de reojo a los Pirineos. Daba la sensación de que, si seguíamos un poco más, cruzaríamos una frontera invisible y entraríamos en territorio extranjero. Por suerte, el destino decidió que nos detuviéramos antes de atravesar la montaña. Y así, sin necesidad de invadir ningún reino vecino, aterrizamos en Cajigar.

Algunos llegamos sin conocer a nadie en persona. Somos compañeros de máster, sí, pero hasta entonces habíamos compartido más pantalla que barro. Las ediciones 31 y 32 del Máster de Bioconstrucción se juntaban por primera vez en ese escenario de piedra, madera, tierra y paisaje. Había algo de escuadrón recién formado: caras que sonaban, nombres que había que colocar, procedencias distintas y una misión común.
El lugar, Instituto Iscles, parecía diseñado para la aventura: una granja rural entre montañas, con vistas abiertas, construcciones de piedra, cubiertas de madera, hierba alta, herramientas, huecos de ventanas y muros esperando nuevas manos. No era un decorado, era mucho mejor: era real. Un sitio donde cada rincón decía que allí se venía a aportar, no solo a mirar.
Antes de entrar en faena, llegó la primera prueba: el examen. La mayoría íbamos preparadas para una batalla de ideas generales sobre bioconstrucción, pero el enemigo venía con armas más concretas. Preguntas específicas, detalles técnicos, cosas que obligaban a bajar de la teoría al terreno. Fue nuestro pequeño entrenamiento de vuelo antes de la misión principal, el taller de construcción.
Después nos reunimos en el Ágora, bajo la estructura de cubierta recíproca, que funcionó como sala de mando. Allí estaban Silvia, directora del IEB; Mikel, tutor de la edición 32; Sonia, tutora de la 31; María Neus, tutora de otras ediciones; y luego se incorporaron Alejandro y Nadir, los anfitriones del lugar. Cada uno fue contando quién era, de dónde venía y qué esperaba encontrar en el curso. Fue el momento en que el grupo empezó a dejar de ser un listado de alumnos para convertirse en una compañía.

Alejandro y Nadir nos explicaron la verdadera misión: el taller no era una actividad aislada, sino parte de un proyecto mayor. A través de estas formaciones, la antigua granja iba avanzando poco a poco hacia un complejo dedicado al aprendizaje de técnicas tradicionales y bioconstrucción. La idea era recuperar oficios, trabajar con materiales sanos y naturales, y evitar que ciertos saberes desaparecieran bajo toneladas de prisa, cemento y olvido.
Aquello nos dio contexto. No íbamos a “hacer una práctica”. Íbamos a participar en una obra que ya tenía historia y que seguiría después de nosotros. Como en Valiant, la misión podía parecer pequeña vista desde fuera, pero era enorme para quienes formaban parte de ella.
La primera noche cenamos en familia. Éramos unas veinticinco personas entre alumnado, tutorías y gente del lugar. La cocina-comedor se convirtió en base de operaciones. Se repartieron platos, historias, bromas y primeras alianzas. Los más valientes se animaron a contar anécdotas de otras ediciones, unos hablaban, otros escuchaban y al final, todos reíamos. La noche terminó pronto, porque al día siguiente tocaba madrugar.
A las ocho estábamos desayunando. Luego se organizaron los frentes de trabajo: muro de piedra, revoques interiores de arcilla y paja, carpintería de madera para ventanas y puerta, y también el suelo, que antes de poder convertirse en superficie transitable tuvo que pasar por su propia batalla.
Porque el suelo no estaba esperando limpio y preparado. Primero hubo que vaciar, retirar trastos, despejar el espacio y dejar al descubierto aquello sobre lo que se iba a trabajar. Antes de nivelar, había que conquistar el terreno. Sacar lo que sobraba, ordenar el caos, reconocer cotas, mirar pendientes y entender que, en una obra así, hasta el suelo tiene memoria.

Después llegó la mezcla: arena, grava, agua y cal. Una receta aparentemente sencilla, pero que, como casi todo en bioconstrucción, dependía de la proporción, de la mano y de la experiencia. Había que extender, repartir, comprobar, corregir y volver a comprobar. Nivelar no era solo dejar bonito: era preparar la base para todo lo que vendría después. El suelo, silencioso y humilde, era el plano de apoyo de la misión.
El equipo del muro se enfrentó a uno de los oficios más antiguos: colocar piedra sobre piedra con criterio, paciencia y una humildad considerable. Porque las piedras no obedecen. Hay que entenderlas. Girarlas. Probarlas. Aceptar que a veces la que parecía perfecta no sirve, y que otra, más rara y menos evidente, encaja como si hubiera estado esperando su sitio desde hacía años.

El equipo de barro entró en otra dimensión: arcilla, paja, agua, textura, brazo, llana, mano. El revoque no permitía distancia. Había que tocar el material, mancharse, insistir. La pared iba cambiando poco a poco, pasando de la piedra irregular a una superficie continua, más cálida, más habitable. Era casi como vestir el edificio desde dentro.
La carpintería, por su parte, se ocupaba de los huecos. Y los huecos son importantes: una ventana no es solo una abertura en un muro; es una manera de decidir cómo entra la luz, cómo se mira el paisaje y cómo se relaciona una estancia con el exterior. Allí, entre madera, marcos y ajustes, la granja empezaba a parecer menos ruina y más refugio.

Durante el día fuimos aprendices, cuadrilla, tropa técnica y bandada desordenada. Cada cual aportaba lo que podía: fuerza, precisión, preguntas, torpeza, entusiasmo, memoria, humor. Hubo momentos de concentración, momentos de duda, momentos de “esto no encaja” y momentos de pequeña victoria cuando una piedra asentaba, un paño quedaba rebozado, una mezcla alcanzaba su punto, un suelo empezaba a nivelarse o una pieza de madera encontraba su sitio.
Y luego llegó la noche. La hoguera transformó el campamento. Bajo la estructura de madera, con el fuego en el centro, todo adquirió una atmósfera de película. Ya no importaban tanto las técnicas ni los grupos de trabajo. Importaba estar allí, alrededor de las llamas, después de haber compartido cansancio y aprendizaje. El fuego hizo lo que siempre hace: reunir.
El fin de semana terminó con esa sensación extraña que dejan las misiones breves pero intensas. Llegamos como una bandada dispersa, venida de distintos territorios, y nos fuimos con la impresión de haber formado parte de algo común. De la mano del IEB, el Instituto Iscles nos recibió con piedra, barro, madera, cal, arena, grava, paisaje y una granja en proceso. El alumnado del Máster IEB dejamos allí algunas horas de trabajo, algo de energía, bastantes risas y quizá una pequeña capa más en la historia del lugar.
No cruzamos finalmente la montaña hacia el país extranjero. No hizo falta. La aventura estaba antes de la frontera: en Cajigar, en una granja de bioconstrucción donde un grupo de aprendices descubrió que construir también puede ser una forma de volar bajo, en grupo y en la misma dirección.

Raquel García Campillo e Irene Rodríguez Jorge, alumnas de la 32ª y 31ª edición del Máster en Bioconstrucción IEB-IBN